¡Al machete, carajo!: el día que Pepillo Salcedo tomó el Castillo de Santiago

El primero de septiembre de 1863, en medio de los afanes de la Guerra de la Restauración, el coronel José Antonio Salcedo, conocido como Pepillo, llegó desde Dajabón con una misión clara: avanzar hacia Santiago de los Caballeros y encontrarse con las fuerzas restauradoras que combatían a los españoles.

Venía de Dajabón, donde había hecho huir hacia Haití al coronel español Campillo, derrotado vergonzosamente. Ahora tenía delante un nuevo desafío: el Castillo de Santiago, ocupado por las tropas españolas.

Pepillo no perdió tiempo.

Se preparó para atacar.

Según un relato recogido por Frank Viñals en el Diario Libre, el joven jefe restaurador marchó hacia Santiago con sus hombres. En el camino pasó por Quinigua, donde vivía el agricultor Gil Almonte, quien terminaría convirtiéndose en combatiente de aquella guerra.

Almonte recordaría años después aquel encuentro.

“A su paso por mi casa en Quinigua me mandó a llamar –narró Gil–. Yo era un jovencito, pero como era de una familia de soldados de la Patria tuve mucho gusto en coger la carabina para restablecer nuestra Bandera, ya que Pedro Santana la traicionó anexándola a España”.

Los hombres partieron hacia Santiago.

Al llegar a Gurabito se encontraron con una guerrilla volante que los españoles habían colocado al oeste del pueblo. Pero los dominicanos ya estaban en El Arenazo, cerca de Los Framboyanes, en la entrada de Santiago.

El choque fue inevitable.

Después del enfrentamiento, los hombres de Pepillo lograron reunirse, durante la madrugada, con el cantón comandado por el general Gaspar Polanco.

Llegó el amanecer.

Pepillo observó la posición española y lanzó una pregunta que cambiaría el rumbo del combate:

—¿Por qué están los españoles en el Castillo de Santiago?

Y agregó:

—¿No ven ustedes que mientras los españoles estén ahí, no podemos movernos a ningún lado?

La pregunta hirió el amor propio de Gaspar Polanco.

Furioso, respondió:

—Bueno, si usted se atreve, desalojarlos usted de ahí.

Pepillo no retrocedió.

Aceptó el reto.

—Deme treinta hombres de tropas frescas y gente de arma blanca.

Pronto aparecieron los voluntarios.

Eran apenas treinta.

Frente a ellos estaba una fuerza española bien armada y, según el testimonio de Gil Almonte, con aproximadamente el triple de soldados.

Pero Pepillo ya había tomado una decisión.

Como a las ocho de la mañana, los restauradores comenzaron a avanzar. Para evitar ser descubiertos, hicieron un rodeo y se internaron en un maizal pegado a la avanzada española.

La orden era acercarse lo más posible.

El ataque sería por sorpresa.

Y sería con armas blancas.

Los hombres avanzaban en silencio.

Entonces, desde la posición española, se escuchó el grito del centinela:

—¡Fuego, estamos rodeados!

Los restauradores estaban a unas 200 varas.

La batalla comenzó.

Los treinta hombres llevaban muy pocas municiones: apenas cuatro o seis tiros cada uno. Las balas españolas comenzaron a caer sobre ellos, pero no se detuvieron.

Avanzaban.

Y Pepillo iba delante.

La tropa restauradora se acercaba cada vez más a la trinchera española. El ruido de los disparos aumentaba. El peligro era evidente. Ya no había espacio para retroceder.

Solo quedaba atacar.

Cuando finalmente estuvieron frente a la posición española, los restauradores se prepararon para el combate cuerpo a cuerpo.

Fue entonces cuando Pepillo, aquel hombre pequeño de estatura pero enorme en el combate, lanzó su grito:

—¡Muchachos, al machete, carajo! ¡Viva la República!

Y dio el ejemplo.

Con un “jirbán”, le rajó la cabeza al centinela.

A partir de ese instante, todo cambió.

Los españoles se turbaron.

La fuerza dominicana era mucho menor y estaba peor armada, pero había conseguido llegar hasta sus trincheras. El ataque cuerpo a cuerpo tomó por sorpresa a los soldados españoles.

El combate se volvió sangriento.

Los restauradores avanzaron con machetes y armas blancas, mientras los españoles intentaban resistir.

Pero la posición comenzaba a ceder.

Finalmente, los españoles huyeron despavoridos, en desbandada, tratando de salvar sus vidas.

El botín fue grande.

El Castillo había caído.

La victoria pudo terminar en una matanza.

Algunos de los revolucionarios querían fusilar a los heridos españoles. Pero Pepillo se opuso.

No lo permitió.

No aceptaba que se maltratara a un prisionero ni que se matara a un hombre fuera de combate.

En medio de aquella victoria, sin embargo, comenzaría a crecer otra batalla: la de las pasiones y rivalidades entre los propios restauradores.

Según el testimonio de Gil Almonte, una secreta envidia había quedado atrapada en el corazón de Gaspar Polanco. Entre los grandes jefes, fue el único que no felicitó a Pepillo por aquella hazaña.

El joven coronel había logrado lo que parecía difícil: acorralar y expulsar a los españoles del Castillo de Santiago con apenas treinta hombres.

La acción dio un nuevo impulso a la revolución.

Pero la historia tenía reservado un destino trágico para Pepillo Salcedo.

Tiempo después, Gaspar Polanco lo derribaría de la Presidencia y ordenaría su fusilamiento.

Aquel mismo hombre que había marchado al frente de treinta combatientes, bajo una lluvia de balas, para tomar el Castillo de Santiago, terminaría siendo víctima de las luchas internas de la propia revolución.

Pero su nombre quedó para siempre ligado a aquella jornada.

José Antonio Salcedo, Pepillo, quedó inmortalizado como una de las primeras espadas de la Guerra de la Restauración y como el primer presidente de la Segunda República.

Y en la memoria de aquella batalla permanece todavía el grito que lanzó frente a las trincheras españolas:

“¡Muchachos, al machete, carajo! ¡Viva la República!”

Fuentes

•     Academia Dominicana de Historia, publicación No. 145, año 1988, donde aparecen testimonios de combatientes de la Guerra de la Restauración, entre ellos el del agricultor y combatiente Gil Almonte.

•     Frank Viñals, relato publicado en el periódico Diario Libre sobre las acciones de José Antonio Salcedo (Pepillo) durante la Guerra de la Restauración.