Cuando dejamos de creer en las noticias
Los seres humanos necesitamos creer. Distintas aproximaciones antropológicas, psicológicas, sociológicas y neurológicas han examinado esa necesidad. Dispersión, desesperanza y hasta vértigo son solo algunas de las consecuencias que vivimos cuando dejamos de creer.
En el ámbito de las sociedades, el hecho de creer en algo o en alguien sirve para alimentar la confianza que opera a modo de “pegamento” para quienes forman parte de una colectividad.
Durante mucho tiempo, el periodismo ayudó a las sociedades a saber qué ocurría, vigilar a quienes tenían poder y tomar mejores decisiones. Cierto es que no siempre cumplió bien esa tarea; cometió errores y también sufrió presiones. Pero su aporte ha sido clave para construir y ayudar a mantener sociedades democráticas.
Hoy ese papel enfrenta una prueba difícil. No porque falten noticias, sino porque tenemos demasiada “información” y cada vez resulta más complicado saber en cuál confiar.
El Digital News Report 2026, del Reuters Institute, estudió casi 100,000 personas en 48 mercados. República Dominicana no está incluida, pero el informe ofrece un “espejo para mirarnos”: solo 37 % dice confiar en las noticias, el nivel más bajo desde que comenzó esa medición. Según el reporte 2026, también aumentó la preocupación por las noticias falsas.
El cambio no ocurre solamente en la confianza. También está cambiando la manera de informarnos. Por primera vez, las redes sociales y plataformas de video son usadas para noticias por 54 % de las personas consultadas, ligeramente por encima de la televisión, con 52 %. Entre los jóvenes, esa transformación es todavía mayor.
Un reto dominicano
En República Dominicana es muy útil prestar atención a este fenómeno. El informe Digital 2026 estima 10.5 millones de usuarios de internet, equivalentes al 91 % de la población. TikTok reportaba un alcance publicitario de 7.89 millones de adultos y YouTube de 7.50 millones de usuarios.
Esto significa que una parte enorme de nuestra conversación pública ocurre en pantallas pequeñas. Muchas personas ya no entran primero a la página de un periódico ni esperan un noticiario. La información aparece mientras miran videos, revisan mensajes o recorren las redes.
Hay quienes se empeñan en echar la culpa a las redes sociales virtuales. Pero, como dice el saber popular, “la fiebre no está en la sábana”. El problema surge cuando desaparecen los filtros que ayudan a separar un hecho comprobado de un rumor, una investigación de una opinión y una noticia de un contenido creado únicamente para provocar miedo, rabia o sorpresa. Ahí, la pérdida de confianza deja de ser un problema exclusivo del periodismo.
Una sociedad necesita hechos compartidos para convivir. Podemos pensar distinto sobre un problema, pero primero necesitamos saber qué ocurrió. Cuando cada grupo tiene su propia “verdad”, dialogar se hace más difícil. Ahí es donde crecen la confusión, los enfrentamientos y la posibilidad de manipulación.
En República Dominicana eso puede afectar asuntos muy cercanos: unas elecciones, una emergencia, una denuncia de corrupción, una decisión económica o una crisis sanitaria. Si el ciudadano no sabe a quién creer, también pierde herramientas para decidir.
Reconstruir la confianza
La salida no consiste en regresar al periodismo de hace treinta años porque ese mundo ya no existe. Tampoco basta con publicar más. El desafío es recuperar credibilidad en los lugares y formatos donde ahora está la gente.
Los medios necesitan explicar mejor, corregir con transparencia y diferenciar claramente información, opinión y publicidad. Los periodistas deben verificar antes de publicar, incluso cuando la velocidad de las redes presione en sentido contrario. Y las plataformas tienen responsabilidades frente a la desinformación que ayudan a distribuir.
Pero el público es determinante. Antes de creer y compartir debemos preguntarnos quién publica, qué pruebas presenta y si otras fuentes confiables confirman la información. Esa sencilla costumbre puede convertirse en una nueva forma de ciudadanía.
En otro artículo preguntaba quién gana cuando el periodismo pierde. Ahora pregunto: ¿qué pierde una sociedad cuando sus integrantes dejan de confiar en la información? Sencillamente, pierde capacidad para dialogar, entenderse y decidir en común.
Por eso, defender un periodismo confiable no significa defender empresas ni profesiones. Significa cuidar algo mucho más cercano: nuestra capacidad para convivir y la posibilidad de reconocer y transformar nuestra realidad.