La historia de un pueblo que despertó: República Dominicana

¿Qué tanta determinación se requiere para lograr un propósito?

Con unas votaciones municipales suspendidas meses antes de las elecciones generales para elegir al presidente de la República y a los miembros
del Congreso Nacional; un virus nuevo convertido en pandemia, 16 años de gobierno de un mismo partido, escándalos de corrupción y otros graves males que hoy acechan a cualquier Estado.

A pesar de esto, el pueblo dominicano encontró la voluntad para despertar.
“Hay un país en el mundo…” que se llama República Dominicana. De montañas color esmeralda, aguas cristalinas y tierra buena, de gente que trabaja incansablemente, que sueña, que se entrega y que se distingue por su bonita sonrisa.

Esta es la historia de cómo ese pueblo, en medio de una pandemia, decidió despertar.
El año 2020 estaba pautado desde antes de sus inicios a ser un año prometedor por el hecho de ser nuestro año de elecciones, tres para ser exactos. Sin embargo, el resultado de lo planeado fue además de
imprevisto, una caja de sorpresas que aún sigue sorprendiéndonos.
Nunca tuvo más elocuencia expresar la frase popular “El hombre propone y Dios dispone”, ¿qué tan falibles somos como humanos? Pero este no es
un tema para cuestionar en esta historia. Lo que sí tiene lugar expresar es que, indudablemente, un período electoral jamás se olvida y aunque en algunos países el virus cambió sus planes, en otros, aún persisten.
Es necesario destacar ciertos datos, pues, si la información es poder, los datos juegan un rol fundamental. En ese sentido, para un país
poder realizar una planificación socioeconómica adecuada, se hace necesario adquirir de antemano, conocimiento acerca de su tamaño, población y sus características. Esto último solo se logra a partir de
la compilación de estadísticas.
En la República Dominicana, según el último censo del año 2010, la población oscilaba alrededor de 9 millones 445 mil 281 habitantes. De esta cifra,
solo cuatro millones se concentraban en su población más joven. La razón por la que se enfatiza en esto se debe a que, como resultado de
lo ya expresado, de acuerdo al padrón electoral realizado hasta febrero del 2020, de los siete millones 487 mil 040 inscritos a nivel nacional, el
mayor porcentaje, con un 17.7%, corresponde a jóvenes con edades entre 18 y 25 años, para un total de un millón 327 mil 720 votantes.
Como puede apreciarse, los datos registrados permiten conocer no solo una realidad, sino que a su vez muestran qué grupo de la sociedad representa mayor concentración y por ende merece un mayor enfoque.
Ahora bien, no puedo seguir sin mencionar una población cuyo derecho a ejercer el voto no era reconocido en sus inicios y cuya participación
en el ámbito político aún es mínima. Me refiero a las mujeres.
Tomando en cuenta que hasta 1942 la mujer dominicana no podía participar de las elecciones, es interesante fijarnos en que, si bien a nivel poblacional las mujeres no distan de mucha diferencia respecto de los hombres, en el padrón electoral se invierten los roles. De esta manera las mujeres pasan a destacarse por encima de los hombres, constituyendo un poco más de la mitad del total de electores, con un 51.14% y superando a éstos en cada escalón de la clasificación de los
votantes, desde los más mayores hasta los más jóvenes.
Como mujer y muy joven todavía, además de resultar incluida en las categorías antes mencionadas, las mismas no me resultan indiferentes, por el contrario, me comprometen como ciudadana y persona a actuar, pasando a ser víctima y heroína, al mismo tiempo.
Estoy convencida de que la mejor forma de aportar en la solución de un problema o en la consecución de una meta es involucrarse, ser parte del proceso. A ninguna parte se llega si nos conformamos con ser
simples espectadores, pues al final otro termina viviendo nuestra historia. Ya decía Benjamín Franklin, una frase muy utilizada en el proceso de enseñanza: “Dime y lo olvido. Enséñame y lo recuerdo.
Involúcrame y lo aprendo”.
Ciertamente, la República Dominicana vivió momentos intensos desde el comienzo del año. Un proceso electoral fallido en las elecciones
municipales en febrero como consecuencia del voto automatizado que se había decidido implementar en algunos recintos y colegios electorales, que llevó a la suspensión total del proceso a nivel nacional y en
plena actividad sufragista, causando desconcierto y desencadenando una serie de protestas pacíficas en todo el territorio nacional, y fueron aniquiladas las expectativas de un voto seguro y confiable, tres meses antes de las elecciones presidenciales y congresuales.
Afortunadamente, lo acontecido no hizo otra cosa que hacer brotar el sentimiento de pertenencia de sus ciudadanos con la nación, ese patriotismo que lleva innato y el resurgimiento de una nueva y
mejorada conducta cívica de quienes ya no querían que otros vivieran más su historia, sino empezar ellos mismos a vivirla.
Los derechos por los cuales abogamos tanto, no cumplen su cometido hasta que son ejercidos. Igual que las normas, las cuales no son más que textos plasmados en papel o repeticiones que a voces se pierden en su mismo nicho hasta que ven la luz y son puestas en marcha. Esto me lleva a afirmar que nada de lo que decimos que somos o nos dicen ser y
poseer, es enteramente eficaz hasta el momento en que vemos su efectividad en la realidad.
Es en el día a día de nuestro desenvolvimiento como seres humanos en constante intercambio social, que logramos ver ese goce pleno de lo que nos resulta inherente o está consagrado por y para nosotros.
Lo que alcanzamos juntos importa, pero también importa qué tanto hicimos a nivel individual para conseguirlo. El 16 de agosto marca el inicio de lo que un país hizo posible, sin referirse esto de manera exclusiva a los 2, 154, 866 votantes que favorecieron al ganador, sino a todo aquel que acudió a las urnas, muy especialmente, los jóvenes y
las mujeres.
Resta cuestionar si verdaderamente estamos ante un cambio real y efectivo para los próximos cuatro años o si se perderán junto al sacrificio de todo un pueblo que en un mismo año dijo tres veces sí a su derecho al voto, incluso cuando todas las circunstancias parecían jugar en su contra: una decepción del sistema, un virus convertido en pandemia y la presión que resulta de si hacer o no transición de un
gobierno presidido desde el 2004 por un mismo partido, con la experiencia de dieciséis años ininterrumpidos, ante un momento de crisis mundial.
No puedo asegurar la respuesta, pero sí puedo ampliamente decir que lo alcanzado, en sentido general, fue el resultado de un país comprometido con su derecho a ejercer la mayor expresión de democracia que tiene a su alcance, cuando bien pudo escoger no inmutarse, ceder su voz o simple y puramente, haberse abstenido.
Al parecer, República Dominicana sí está en el mismo trayecto del sol de la esperanza o quizás, como expresa la canción del poema de Miguel
Hernández: “Porque soy como el árbol talado que retoño: aún tengo la vida”. Solo digo, este es apenas el inicio de una historia que jamás será olvidada.
Si el mensaje de esta historia le llega a una persona, habrá cumplido su objetivo.
La autora es abogada, ex inspectora de la JCE
 y consultora jurídica de instituciones bancarias.

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