Hay que obligar a los niños a leer en las escuelas
¿Hay que obligar a los niños a leer? NO, pero SI…
Sí. Hay que obligarlos. Permíteme explicarte…
Sé que esta respuesta puede sonar dura, incluso alarmante, para quienes piensan que la lectura debe ser siempre un acto libre, espontáneo y guiado únicamente por el placer. Y entiendo la preocupación. ¿No corremos el riesgo de que un niño termine odiando los libros si lo obligamos a leer? ¿No sería mejor esperar a que descubra por sí mismo el maravilloso mundo de la lectura? El problema es que estamos esperando que ocurra espontáneamente algo que nuestra sociedad nunca se ha preocupado demasiado por construir.
El crecimiento debe ser un acto intencional dice un tal John C. Maxwell.
Cuando digo que debemos “obligar” a los niños a leer, no estoy hablando de castigos, amenazas ni de poner a un estudiante frente a Don Quijote de la Mancha desde los 3 años. Estoy hablando de algo mucho más sencillo: convertir la lectura en una actividad obligatoria dentro de la educación, exactamente como ya hacemos con las matemáticas, las ciencias, la educación física o la historia. ¿Por qué nadie protesta porque un niño tiene que aprender a resolver una ecuación? ¿Por qué aceptamos que debe estudiar los órganos del cuerpo humano, aprender fechas históricas o memorizar las reglas de la gramática? Porque entendemos que existen conocimientos y habilidades que una persona necesita adquirir aunque, inicialmente, no tenga ningún interés en ellos.
La lectura no es una asignatura más. Es la herramienta que permiten aprender prácticamente todas las demás. Un estudiante que no comprende correctamente lo que lee tendrá problemas en matemáticas, ciencias, historia, filosofía y hasta para entender las instrucciones de una simple tarea. Y más allá de la escuela, una persona que no sabe interpretar correctamente un contrato, una noticia, una propuesta de trabajo o una información que circula en redes sociales está en una posición mucho más vulnerable para convertirse en un idiota funcional a merced de la farándula y la política. Por eso debemos dejar de tratar la lectura como un pasatiempo bonito que algunos niños descubren si tienen suerte en casa. La lectura debe ser entrenada.
Así como llevamos a un niño a practicar un deporte para desarrollar su cuerpo, debemos exponerlo regularmente a la lectura para desarrollar determinadas habilidades cognitivas. La atención, la comprensión, la memoria, el vocabulario y la capacidad de relacionar ideas no aparecen por arte de magia: se desarrollan con práctica y esfuerzo.
Queremos jóvenes capaces de pensar críticamente, pero muchas veces no queremos exigirles el esfuerzo necesario para desarrollar ese pensamiento. Queremos que sepan expresarse, pero no queremos que amplíen su vocabulario. Queremos que distingan una noticia verdadera de una falsa, pero pasan horas consumiendo información sin detenerse a comprobar absolutamente nada. Queremos el resultado, pero rechazamos el entrenamiento. Es como el drogadicto: quiere sentir la felicidad de 1 año en solo 15 minutos, por eso la “encuentra” en un gramo de coca.
Ahora bien, aquí debemos hacer una aclaración importante: obligar a leer no significa obligar a sufrir. No podemos pretender que un niño que apenas está comenzando a leer sea obligado a enfrentarse inmediatamente a un libro de cuatrocientas páginas escrito en un lenguaje que ni siquiera comprende. Eso no es fomentar la lectura; eso es construirle una mala experiencia con los libros. La obligación debe estar en leer, no necesariamente en leer cualquier cosa. Debemos construir una progresión: primero textos adecuados para su edad y nivel de comprensión; luego historias que despierten su curiosidad; después libros un poco más complejos y, poco a poco, aumentar la dificultad. Exactamente como hacemos con las matemáticas y el deporte: nadie comienza enseñándole física cuántica a un niño que todavía está aprendiendo a sumar.
Los padres transmiten su frustración sin querer queriendo:
También debemos reconocer otro problema: muchos de los adultos que se oponen a que sus hijos lean más, probablemente tampoco tienen el hábito de leer. Cuando escuchan que en la escuela se pretende establecer una hora diaria de lectura, no necesariamente están defendiendo la libertad del niño; en algunos casos, están reaccionando desde su propia relación con los libros. Es como si alguien que nunca hace ejercicio escuchara que su hijo tendrá que entrenar todos los días y respondiera: “¡Pobre muchacho! Eso es demasiado esfuerzo!”. De hecho, justo eso dicen durante las reuniones de padres. Te lo dice uno que ha sido presidente de la APMAE durante casi 5 años. Pero tal vez el problema no sea el niño. Tal vez el problema sea que nosotros tampoco queremos hacer el esfuerzo.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: queremos construir una generación de lectores esperando que los libros compitan en igualdad de condiciones contra TikTok, los videojuegos, los videos de quince segundos y todo un ecosistema diseñado para capturar nuestra atención. El libro exige algo que las redes sociales rara vez exigen: permanecer. Permanecer sentado, permanecer atento, continuar aunque una página no sea emocionante, recordar lo que leíste diez páginas atrás, relacionar una idea con otra, preguntarte si estás de acuerdo, cambiar de opinión, volver atrás, subrayar, pensar. Eso es entrenamiento intelectual. Y precisamente por eso la lectura debe formar parte de la rutina escolar de manera sistemática. No como castigo ni como penitencia, sino como una práctica seria, progresiva y acompañada. Como una materia más.
Porque una cosa es obligar a un niño a sentarse frente a un libro y otra muy diferente es enseñarle a convertirse en lector. La primera puede producir rechazo; la segunda puede producir una transformación. Muchas veces el placer por una actividad aparece después de adquirir cierta capacidad para realizarla. Nadie nace disfrutando de lavarse los dientes, hacer ejercicio o levantarse temprano. Primero construimos el hábito y después ese hábito comienza a sentirse normal. Con la lectura debería ocurrir exactamente lo mismo. Por eso, si queremos mejorar realmente la educación dominicana, tenemos que dejar de preguntarnos si debemos obligar a nuestros niños a leer y comenzar a preguntarnos cómo vamos a hacerlo correctamente. Porque quizás el problema nunca fue que obligáramos demasiado a nuestros niños a leer. Quizás la pregunta no debería ser si debemos obligar a nuestros niños a leer, sino qué estamos haciendo para que algún día ya no sea necesario obligarlos. Si queremos una generación que lea por iniciativa propia, primero tenemos que darle la oportunidad de convertir la lectura en parte de su vida.
Hay hábitos que primero se enseñan, después se practican y, finalmente, se disfrutan. Ese debería ser nuestro objetivo: que llegue el día en que nuestros niños no necesiten que nadie les diga “lee”, porque simplemente tomar un libro y leer sea, para ellos, tan normal como encender el teléfono.